viernes, 16 de marzo de 2018

Que la academia no nos haga sordos y ciegos ante la verdad de nuestros enfermos.





Gracias Maestra
Gracias a esta gran maestra por permitirme contar su significativa historia con un único fin, y es que, gracias a su sufrimiento, pero gran sabiduría, aprendamos tanto terapeutas como cuidadores a ser compasivos, comprensivos, humildes, receptivos y amorosos con quien por las circunstancias que sean no desean vivir más.

Ella, de quien no mencionaré su nombre, siendo este muy hermoso, fue una mujer inigualable, pero como muchas a quien la vida no le sonríe y por innumerables situaciones, familiares, sociales, económicas y personales, opta por transitar un camino con muchas aristas y dificultades; pero con gran aprendizaje para su corta edad, infortunadamente una de estas situaciones la condujo en un momento de su vida a consumir algún tipo de sustancia, que su cuerpo no toleró y dramáticamente no soportó, generándole gran malestar, disconfort y enfermedad, causándole múltiples heridas, largas, anchas y profundas en sus muslos y piernas, que la obligaron a pasar los últimos meses de vida postrada en una cama, sin poder caminar, ni siquiera incorporarse para ir al baño a hacer aquello que cualquiera en plena salud lo hace de manera mecánica y automática como es: bañarnos, vestirnos, número uno y número dos; viéndose en la obligación de usar un pañal 24 horas tal como un bebé y que esas actividades tan sencillas para nosotros, en ella fueran un drama; y quien por una enfermedad no terminal, ni crónica ni grave, esperaría depender para todo ello.
Y si, esta hermosa mujer de gran tamaño, brazos y fuertes piernas, lentamente se fue deteriorando y adelgazando hasta perder la fuerza e imponencia que en algún momento la hizo acreedora del apodo de “troncha toro” anécdota que contaba como si fuera un gran logro en su vida. Su condición no solo la diezmó físicamente, también la tiro a la cama obligándola a depender para todos los cuidados de sus familiares y personal de enfermería; sin embargo una madre cabeza de familia, luchadora, trabajadora, emprendedora, con dos hijos jóvenes uno de 17 y otro de 8 años  y una red familiar conformada por sus hermanas y sobrinos, no se podía permitir perder el ánimo y la esperanza de estar mejor y lograba sacar la fuerza suficiente para decidir luchar contra aquello que dramáticamente le había perjudicado su calidad de vida y finalmente su dignidad.
Tuve la oportunidad de conocerla durante su última hospitalización, una mujer alegre, pero entristecida por el dolor físico y emocional, con grandes y hermosos ojos café oscuros de mirada tierna y compasiva, con una sonrisa de niña, que invitaba a alegrarse cada que se le contaba un chiste flojo, devolviendo de manera cortés y desinteresada una iluminada sonrisa, esta misma mujer que me permitió entrar en su mundo, en su vida, en su familia, su pensamiento y sentimientos, fue la que en algún momento de su sufrimiento, solicita a un importante número de profesionales del área de la salud, algunos especialistas y subespecialistas (internistas, dermatólogas, psiquiatra, cirujanos plásticos, ortopedistas, reumatólogo, toxicóloga, nefrólogos, enfermeras, psicólogos y trabajadora social)  le escucharán y le permitieran dejar de luchar, pues así sus enfermedades pudieran ser tratadas y se aspirará que en un plazo de meses se lograran curar, siempre que no se presentaran más complicaciones como lo fueron infecciones en sus heridas, una falla del riñón que la condujo a diálisis 3 veces por semana y unos dolores insoportables que le hacían de los días y las noches un infierno eterno; fué ella quien en un momento de su corta vida me solicita hablar con mis demás compañeros de trabajo, para hacerles entender que la vida no importa por lo larga en meses o años, que un buen día no se califica por estar soleado, con una brisa fresca y un paisaje  verde; que la compañía no es grata cuando el dolor te impide hablar y disfrutarla, que la cama no es la mejor por tener sábanas blancas y sedosas, un colchón amortiguado, cabecera y piecera reclinable, que la comida no es buena por ser tipo hotel 5 estrellas, que la familia no es la mejor por el hecho de pasar día y noche a su lado, contemplando, acariciando, masajeando, ni ayudándole en todas sus necesidades, que la medicina no es excelente por el solo hecho de estar en un alto nivel de complejidad en atención hospitalaria, con los mejores especialistas y subespecialistas, las mejores enfermeras y los medicamentos, equipos e insumos más caros y de calidad, que una ducha no es buena por tener agua tibia y chorro de gran calibre, incluso por salir en chorritos; que todo lo anterior y otras cosas mas no serán nunca buenas cuando la misma vida ha perdido su color, su sonido cotidiano, su sabor, su olor, y el sentir que se está vivo, realmente vivo.
Y así fue, que luego de reunirnos todos los implicados en el manejo de esta maravillosa mujer, primó la sabiduría sobre el conocimiento técnico, la humildad del que sufre sobre el ego del que trata, la bondad del dejar de hacer sobre el perjuicio de intentar seguir haciendo cuando la esperanza es solo sufrimiento, no se imaginan la alegría inundada en lágrimas cuando se le explicó que se aceptaría su determinación de no luchar más y permitir que las complicaciones sumadas a un óptimo control sintomático y un sueño reparador, la encausaran a una muerte tranquila en calma, en paz, escuchada, comprendida, entendida y dignificada.
Finalmente agradezco a esta gran mujer, mamá, hermana, hija y paciente, por su inmensa sabiduría por sus enseñanzas y recuerdos que hacen de la medicina un acto más humano, menos técnico y más honorable.
Solo puedo decir Gracias TT y hasta pronto si algo más sigue cuando esto termine.  
Juan David Osorio G.

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Que hacemos en cuidados al final de la vida.

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