No preocupa la muerte, preocupa por quienes creemos que dejaremos.
Memo
Agradezco a este maravilloso maestro, por contarme una pequeña parte de su historia de vida, no menos importante que las demás; pero sí determinante en su final de vida; además, por permitirme contarla a quienes quieran escucharla y aprender de su sabiduría.
Memo un hombre de pasados 70 años, a quien tuve la oportunidad y el placer de conocer en mi actividad laboral y en la institución en la cual trabajo.
Un hombre alto, enjuto, adelgazado por la enfermedad, con la piel curtida, engrosada y arrugada por las inclemencias del tiempo y la edad, con una mirada fija pero tranquila y amistosa, quien hasta el año pasado se desempañaba como conductor de servicio público, pero, que por el deterioro de la enfermedad, se vio obligado a abandonar esta actividad para iniciar un largo y dificultoso camino, el camino de la enfermedad final que lo conducirá al morir.
El día que lo conocí en su habitación del hospital, la intención de la visita (en compañía de los estudiantes de medicina) era informarle en términos coloquiales la condición médica que lo aquejaba (cáncer avanzado de pulmón) y que infortunadamente no era susceptible de cura, pero sí de otros tratamientos, para intentar sostenerlo o agregarle calidad de vida o en su defecto un poco más de tiempo vital.
Fue sorprendente cuando al momento de iniciar la conversación e indagar sobre que tanto conocía de su situación, pues a juicio de los demás especialistas, no entendía de qué sufría, ni la gravedad de su sufrimiento. Él responde de manera serena, que seguramente lo que padecía era un cáncer, le pregunte si deseaba estar al tanto de lo avanzado de su situación y la siguiente respuesta fue más admirable aun; pues a su buen juicio, lograba ver en su cuerpo y leer en su deterioro, lo inminente de su gravedad y le era claro, que no importaba que le podríamos decir los médicos; el diagnostico ya lo había concluido y según nos manifestaba, no le importaba.
Decía: “doctor pues de algo se tiene uno que morir y ésta es la forma que me tocó a mí”.
Cuando le pregunte si le angustiaba algo de su estado, su repuesta fue inmediata… “no doctor, no me preocupa nada, estoy en paz con mi situación y con mi muerte”.
Le pregunte si le temía a algo de la enfermedad y me respondió que no tenía temores, “pues para morir nacimos”.
Como la intención de la intervención era informarlo y ofrecerle (si lo deseaba) alguna alternativa terapéutica, la respuesta de Memo fue rápida y sencilla, “no doctor, no deseo tratamientos que me pueda poner peor o me martiricen, mejor dejar las cosas como están”.
Deseo que obviamente se le respeto, pero asegurándole, que así su enfermedad no se pudiera curar, no le dejaríamos solo en lo que se venía y que siempre se podría asegurar algún tratamiento y acompañamiento.
Durante la conversación quise saber de su familia y quien lo acompañaría en su proceso final; Memo nos contó que solo tenía una hija, pero que vivía en el exterior, hija a la cual no veía desde hacía aproximadamente 4 años, pero con quien mantenía una muy buena relación a pesar de la distancia; le pregunte si era posible para su hija venir a acompañarlo, lo que entristeció a Memo llevándolo al llanto, pues para él, la muerte no lo atemorizaba, pero sí temía por la única persona importante para él, su hija, quien su enfermedad lo obligaría a dejarla; le prometí hablar con ella y explicarle la condición clínica real y que pudiera decidir si le era posible venir a acompañarlo, a lo que Memo agradece con gran emoción.
A pesar de tan maravilloso personaje llego el momento de terminar la evaluación, finalmente me alarga su delgado brazo y extiende su mano nudosa pero suave para agradecerme por la atención y el tiempo de conversación. Me despido de Memo dándole un abrazo, el que recibe de manera tierna y con llanto; de esta forma le agradezco, por tan especial conversación y su enrome sabiduría, respondiendo de manera humilde, con vos lenta y ronca “doctor nada de eso, los estudiados son ustedes, yo no tengo ninguna educación”, de inmediato le manifiesto, que la educación que tenemos los profesionales es solo un mundo de información, que nos hace conocedores de tecnicismo, pero que no nos asegura la sabiduría que él como maestro nos da con esas pequeñas pinceladas de vida.
Espero que pueda reencontrarse con su hija, quien creía por la manifestación dada por Memo, estaba supuestamente bien y tranquilo; pero por la información que yo le di, se trata de un paciente con una enfermedad terminal en franca evolución y corto tiempo hacia el morir.
De nuevo, Gracias Memo.
Juan David Osorio G.
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