miércoles, 8 de noviembre de 2017

No podemos cambiar la muerte, pero si la forma de morir.

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No podemos cambiar la muerte, pero si la forma de morir.


Caso clínico para pensar y cuestionarnos, sobre nuestra postura ante la muerte propia y la de los demás y procurar no hacer más daño del que la enfermedad hace con los pacientes e intensificar el sufrimiento de estos.

Recientemente me piden valorar un paciente con SIDA avanzado, que por su condición médica y por exámenes es un paciente con un pronóstico de vida de días, paciente masculino, menor de 40 años, quien por condiciones sociales, económicas, familiares y de seguridad social, progresó hasta un estado avanzado de su enfermedad, con compromiso neurológico, pulmonar, desnutrición severa, además antecedente de farmacodependencia y sin soporte familiar o social que ayuden al paciente en su cuidado. Al evaluar el paciente, me encuentro un ante un señor en estado agónico, asfixiado, con dolor a la manipulación, muy inquieto, agresivo, delirante, y en una desnutrición severa, además con alimentación por sonda, traqueostomia, y amarrado a las barandas de su cama, por riesgo de agredirse o agredir a alguien.
Decido con este paciente por su mal pronóstico y poca expectativa de vida, iniciar manejo y control de los síntomas físicos generadores de sufrimiento, con morfina para el dolor y la asfixia, un medicamento para la psicosis y otros medicamentos para control de síntomas generales, con adecuada respuesta y control de la asfixia, las secreciones respiratorias y el delirio, en una progresión hasta la agonía, pero sin signos que mostraran sufrimiento. Lamentablemente uno de los especialistas tratantes, determina que este paciente es candidato para continuar manejo de su enfermedad de base (SIDA e infecciones oportunistas) y reinicia todos aquellos medicamentos que a criterio de otros colegas no eran necesarios en su manejo, por no respuesta a los mismos y progresión en su deterioro, además suspende todos los medicamentos para control sintomático y control del sufrimiento físico, justificando que la asfixia no se debería tratar hasta no encontrar su causa, que el delirio no debería ser medicado con el fármaco al cual respondió adecuadamente y le inicia otros medicamentos como son las benzodiacepinas, que en este tipo de situación empeoran el delirio y la psicosis, como era de esperar el paciente se descompensa nuevamente de los síntomas que venían siendo controlados y como era de esperar fallece como consecuencia de las complicaciones esperadas en su enfermedad de base, además termina sus últimos días de vida, con síntomas físicos y sufrimiento que fue susceptible de control.

Desde el punto de vista de la bioética, considero en este paciente, que se están violando los 4 principios fundamentales, cuando de manera deliberada, el especialista tratante, justifica el retiro de los medicamentos de un paciente que a criterio de otras especialidades es un paciente no recuperable, de mal pronóstico y en espera de muerte. pienso que si se tiene un paciente con las condiciones anteriores, se debe buscar bajo el principio de justicia asegurar una buena muerte y hasta que esta llegué, procurar porque el paciente no sufra, primero de dolor, segundo de asfixia y tercero de delirio, tres situaciones que son manejables, pero que a criterio especialista tratante, no se deben manejar, en especial porque para él es más importante hacer academia, buscando solo el origen del síntoma, sin controlarlo mientras el paciente continua sufriendo por los efectos de estos síntomas, por lo anterior se está vulnerando el principio de beneficencia, pues no está buscando el bien más prioritario del paciente como es el control del sufrimiento, en aras de un diagnóstico que seguramente no se conseguirá, además que independiente del diagnóstico y los estudios complementarios, los síntomas se pueden y se deben tratar. Se está vulnerando el principio de no maleficencia, pues al no tratar los síntomas agudos está generándole sufrimiento a un paciente que está muriendo, sufrimiento que se tenía controlado con las medidas previamente proporcionadas. Adicionalmente se está vulnerando el principio de autonomía, pues en este paciente que no puede responder por sí mismo, que no tiene familia responsable, somos nosotros los que debemos decidir por él y ante la situación actual y el hecho que varios médicos estamos en el mismo camino y tomando el mismo rumbo donde la intención es ayudarle en su proceso de morir, el especialista tratante, esta atropellando nuestras decisiones, sin tenerlas en cuenta, solo por el hecho que desea continuar haciendo academia y encarnizamiento terapéutico en un paciente que para nosotros no requiere de esto.

Le pregunto a aquellos que lean este mensaje, que tan prudente es en la fase final de muchas enfermedades hacer academia, por mera necesidad del profesional, en busca de acrecentar el ego, hasta donde es justo que un paciente sufra por nuestros errores y debilidades, cuando nuestra misión como profesionales de la salud, en situaciones donde es posible la cura, curar, pero en aquellas donde no lo es posible, simplemente paliar o controlar los síntomas intentando mejorar el sufrimiento, sin alterar la muerte, solo la forma de morir.

Juan David Osorio G.

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